miércoles, 11 de octubre de 2017

Ese brillo sobrenatural de ojos


Recuerdo el primer día que lo vi. No conseguí darme cuenta entonces, pero ahora lo tengo claro. Menos mal que no ha sido demasiado tarde para nosotros.

Salíamos del hospital. Una simple revisión del embarazo de mi mujer se había retrasado mucho más de lo debido, a causa de una jornada de protesta por la actuación policial frente a las personas que ansiaban votar en lo que les habían convencido que era un referéndum. Mi cabreo por el retraso (qué le voy a hacer, a mí lo de las huelgas de un día me parece algo estúpido) casi no me deja verlo.  Pero lo vi, con mis propios ojos.  Un hombre joven venía en sentido contrario, dispuesto a entrar en el hospital. Tenía algo raro en los ojos.  Una especie de halo, de aura, qué se yo.  Era ligeramente rojo, pero no era una irritación normal. Era como más brillante.  En ese instante, el móvil que tenía en la mano comenzó a reproducir un vídeo que, aunque no pude ver, me quedó claro, tan sólo por el sonido, que era otro de los miles de vídeos de las cargas policiales.  Y entonces, el brillo rojo de sus ojos cogió un tono más intenso.  Me pareció un cambio muy intenso y escalofriante. Casi parecían tener una fuerte luz interior. No pude comprobarlo, porque ya cruzamos nuestros caminos, y me quedé con la pregunta en la boca, que al poco me di cuenta de que tenía abierta.

Luego recordé que aquel brillo era el mismo que había visto en los ojos de un amigo, Mosso de Escuadra, cuando volvió del servicio que le habían obligado a hacer durante el día del supuesto referéndum. Tenía los ojos inyectados en sangre, y parecía una mezcla de cansancio e irritación.  Pero tenían algo raro.  Nuestra conversación aquel día estuvo a punto de costarnos la amistad que habíamos labrado en muchos años de convivencia, y que vi peligrar por primera vez en mi vida.  Pero poco a poco conseguí calmarlo, y el brillo de sus ojos fue apagándose, dejando un rojo oscuro, que sí parecía de cansancio.  Mandé a mi amigo a dormir, sin darme cuenta de lo que había pasado.

Un día más tarde, un compañero de trabajo vino a verme, y a pedirme disculpas. En nuestro grupo de WhatsApp del trabajo habíamos tenido un conflicto importante, tras el que yo había dejado el grupo. Prefería salirme de allí, a dejarme de hablar con una persona que consideraba más un amigo que un compañero, aunque pensáramos diferente. Él me pidió disculpas cabizbajo, y yo se las acepté, pero le dije que de momento no tenía ánimos de volver al grupo.
Antes de que se marchara, pude fijarme en sus ojos, que mostraban un extraño color rojo oscuro, sin brillo, pero muy intenso. Antes de que pudiera preguntarme dónde había visto antes ese brillo, mi compañero desapareció, y se aisló totalmente del resto, mirando fijamente a la pantalla del ordenador. Desde mi sitio podía verle, y momentos más tarde me pareció, tuve la ligera impresión, que el brillo de sus ojos había aumentado, volviendo a tener una intensidad artificial. Entonces empecé a tener miedo.

Poco a poco empecé a atar cabos, y pude establecer una hipótesis sobre lo que estaba pasando.  Ese brillo era el odio.  Odio puro. De alguna manera, ese odio estaba siendo inoculado en los ojos de personas, personas normales, personas que yo mismo conocía, pero que empezaban a ser desconocidos. Algo tenía que ver con las pantallas. De cualquier dispositivo, televisión, teléfono móvil, pantallas de TV del metro, de cualquier tipo.
La primera vez que lo vi claro fue también en el trabajo. Mis compañeros estaban hablando animadamente en la sala del café. Todos sabían ya que yo prefería evitar hablar de nada relacionado con el tema, pero cuando entré estaban en medio de una conversación, y el silencio que se hizo no fue inmediato.  La frase de una compañera, que levantaba la mirada de su pantalla del móvil, fue la que terminó la conversación: “Sí, nosotros ya hemos cancelado todas nuestras cuentas en ese banco. Por su culpa hay muchas otras empresas que se han contagiado del miedo, y se están marchando también. Es la estrategia del miedo, que están promoviendo los del otro lado”.
Más que el hecho de escuchar en sus labios las consignas claras que había oído de la maquinaria de propaganda que promovía el movimiento, lo que me dio miedo fue ver sus ojos.  Ya no tuve ninguna duda que ese rojo intenso no era natural. Me extrañó mucho que el resto de compañeros no lo vieran, o por lo menos no dijeran nada.

Poco más tarde, ese mismo día, un compañero que había presenciado la escena vino a verme, y consiguió que abriera mi hermetismo, y hablara del tema.  La confianza de hace años, hizo que bajara la guardia, y que me desahogara con él. Creo que hice bien, creo que entendió mis razonamientos, porque nunca habían sido diferentes.  Pero no llegué a convencerle de que todo esto era una locura, que no iba a traer bien a nadie. Me sorprendió ver que su postura era mucho más polarizada que lo que yo creía. Creo que recordé que nunca se había posicionado sobre el tema, pero ahora sus razonamientos eran como sacados de una de esas tertulias televisivas en las que falsamente se da la sensación de que están debatiendo, porque todos son del mismo bando. Y entonces lo vi. El brillo de sus ojos era muy tenue, y podía confundirse con el de haber pasado una mala noche, y no haber dormido mucho. Pero era distinto.  Yo ya empezaba a distinguirlo, pero no sabía explicarlo.


Poco más adelante mi miedo aumentó exponencialmente. Cuando creía tener claro de dónde venía ese brillo, ese odio, y creyéndome a salvo, porque me creía a salvo de esa “enfermedad”, ese virus que estaba contagiando a tanta gente, casi me atrapa a mí mismo y a mi familia.
Nunca en mi vida había participado en una manifestación política. Soy de la firme convicción de que las masas son fácilmente manipulables, y que en una manifestación lo único que puedes hacer es bulto, ser un simple número más que, además de ser manipulado por el simple hecho de saber si una manifestación o la contraria ha tenido más participación, es manipulada por los organizadores, por los contrarios, por los medios, por los políticos, por todo el mundo.

Pero ese día era diferente. La maquinaria de propaganda, ya claramente propaganda de guerra, se disponía a hacer una declaración en unos días que podía destruir totalmente la ya frágil convivencia. Lo que llamaban la “mayoría silenciosa” estaba saliendo a la calle, y nos convencimos de que era necesario unirnos. Era necesario estar allí, para por lo menos tener la conciencia tranquila cuando finalmente se produjera La Declaración, de que al menos lo habíamos intentado.
El ambiente fue festivo, y mis temores sobre los peligros que se cernían sobre mi mujer y mis hijas se demostraron infundados. Pero un miedo mucho más profundo me invadió, casi al final, antes de marcharnos.  Varios manifestantes cercanos se pusieron a cantar consignas con las que no estábamos de acuerdo, exigiendo que metieran en prisión a los “golpistas”. Mientras intentaba explicar a mi hija mayor, que ya tenía edad de hacerse preguntas así, por qué nosotros no estábamos de acuerdo con eso, vi aquel brillo rojo, en los ojos de varios de ellos. Al principio me pareció un simple reflejo del rojo de las banderas que tenían a los hombros, pero entonces lo reconocí. Tenía un brillo sobrenatural, un brillo demasiado intenso, incluso visible a plena luz del día.
Dejé la frase a medias, y delante de la cara de sorpresa de mi hija, me la llevé a toda prisa del brazo, llamando a gritos a mi mujer, para que trajera a las otras dos niñas, de camino a la boca del metro más cercana.


Ese día fue el que más cerca estuvimos de habernos contagiado.  Doy gracias a Dios por haber tenido los reflejos y la suerte de escapar.  Los acontecimientos se precipitaron en los siguientes días, y quiso la providencia que coincidieron con jornadas festivas, en las que todos los años volvemos a nuestra ciudad natal. Lejos del centro del conflicto. Y aunque allí volví a ver muchas veces ese brillo en los ojos de muchos viejos conocidos, ya había aprendido a esquivarlo. Gracias a ello sobrevivimos.


Nunca he podido demostrar lo que creo que pasó, porque ese brillo sobrenatural de odio que vi en los ojos de la gente no parece apreciarse en una pantalla, únicamente se ve en persona. Pero hay una vez, una sola vez, en el que sí creo haber visto ese brillo en un vídeo.  Es un vídeo grabado en uno de los numerosos cortes de carretera de la primera jornada de protesta. Se puede ver como un ciudadano con acento del Este se encara a los piquetes y les echa en cara que no saben lo que están haciendo, que no tienen ni idea.  A continuación, se dirige a la persona que está grabando, con ese brillo en los ojos. Un brillo apagado, quizás residual, quizás una pequeña cicatriz de una vieja enfermedad, y que puede fácilmente confundirse con el agotamiento, o con una simple irritación. Las palabras que dice resuenan ahora una y otra vez en mi cabeza: “Aprended de lo que pasó en Rusia! Aquí dentro de poco habrá armas. Tú no lo sabes, pero alguien vendrá, y te dará armas. Sólo te deseo que no las cojas”


viernes, 17 de marzo de 2017

Por qué todos los padres somos Darth Vader


No creo que a estas alturas nadie desconozca mi fascinación por Star Wars. Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi infancia es cuando mi padre me llevó al cine a ver El Retorno del Jedi. Las imágenes de remotos mundos, extrañas criaturas y llamativos droides me cautivaron para siempre. De hecho, no importaba que hubiera empezado la historia por la mitad (en realidad, es difícil decir exactamente por qué punto de la historia empecé), igual que sigue sin importarlo ahora, cuando un niño se ve de repente inmerso en todo este universo, en aquella galaxia tan tan lejana.

Para mí, igual que para todos los de mi generación, Darth Vader era EL MALO con mayúsculas. Cualquier nuevo personaje que encarne el mal, en cualquier otra película, serie, libro, o lo que sea, se tiene que medir con Darth Vader para posicionarse en el ranking de los malos de todos los tiempos.

Pero entonces, ¿por qué muchos padres elegimos a Darth Vader como figura icónica, como imágen, como modelo?  Es una buena pregunta.  Cada uno tendrá sus razones.  De hecho, como he leído recientemente al papá bloguero Padre en Estéreo, es una terrible idea identificar a Darh Vader como figura paterna, lo que hace aún más misteriosas las razones por las que elegimos al temible Lord Sith para representarnos ante nuestros hijos y ante el mundo.

Después de darle muchas vueltas, y sin ningún orden especial, he conseguido listar una serie de razones que, por lo menos para mí, hacen que nadie mejor que él nos sirva para reivindicar nuestra paternidad.



Nos hemos pasado al Lado Oscuro.
Vemos a los chavales de hoy en día, atontados con sus móviles y juegos online, su obsesión por obtener reconocimiento social online, y las cosas que hacen o que dicen, y estamos convenidos de que nuestra Civilización se está yendo al garete. No nos damos cuenta de que si sustituimos "móviles" por "walkman", "juegos online" por "juegos de rol", "reconocimiento social online" por "ser populares en el insti", etc, podrían ser nuestros propios padres hablando de nosotros cuando eramos unos chavales.  
No, no, no. Los chavales de ahora es que están atontados, con un montón de pájaros en la cabeza, ideas ridículas que no entendemos bien.  Qué narices es eso de la Alianza Rebelde, esos radicales, perroflautas, siempre cuestionando a los que gobiernan, si ellos no tienen ninguna propuesta que tenga ni un mínimo de sentido, qué narices harían ellos si estuvieran gobernando La Galaxia. Yo, Vader, que ya llevo unos cuantos kilómetros, ya he pasado por unas cuantas, yo sí que sé lo que es gobernar.  Cuando vengan mis hijos con todos esas ideas alocadas, demagógicas, irreales, sabré qué decirles. Tengo la sensación de que alguna de esas ideas han pasado por mi cabeza cuando era más joven, pero eso hace una eternidad, y no tiene importancia.  Eso era casi otra persona diferente.  Eso era antes de vestir de negro, y de ponerme este casco. Si alguien me recuerda aquellas épocas y aquellas ideas, creo que negaré que esa persona haya existido.

De repente, tenemos hijos, que van creciendo y volviéndose complicados, y tenemos que reconocer que educar a nuestros hijos es tremendamente complicado. Cuando pensamos en Vader no pensamos en cómo se comporta él como padre con sus hijos, sino lo difícil que es su posición como padre.  Debe sobre todo mantener el rol masculino, de padre, que debe imponer respeto y autoridad (para eso el traje negro y el casco son una gran ayuda), pero interiormente es consciente de sus inmensas debilidades. Y no puede mostrar sus debilidades como padre, ni a sus hijos ni a nadie.  Jamás debe permitirse quitarse el casco en presencia de sus hijos.
Aún así, sus hijos se rebelan, le llevan la contraria, le declaran la guerra, y están continuamente atosigándole, buscando la manera de vencerle, de conseguir lo que ellos quieren, esas estúpidas ideas de niños idealistas, esas ideas irreales, utópicas, equivocadas. Por mucho que él quiera, no entienden cuál es el camino correcto, por mucho que haga el esfuerzo no consigue que entiendan las enseñanzas importantes de la vida. 

Aquí la cosa varía un poco si tienes hijos o hijas (en mi caso sólo hijas), pero las sensaciones, las frustraciones, son las mismas. Esta ilustración, parte de un delicioso cómic de Jeffrey Brown, es un perfecto ejemplo de cómo se siente Vader con su rebelde hija Leia.


Cualquier situación en la que te veas envuelto con un hijo/hija adolescente, puede representarse mediante la relación que tenía Vader con sus hijos. Y eso, amigos padres, reconforta mucho. Si el tipo más duro y poderoso del Universo, no fue capaz de encarrilar a sus hijos, y sólo al final consiguió conectar mínimamente con ellos, pues qué narices podré hacer yo, ¿no?

YO SOY TU PADRE. Siempre tendremos ese momento. En cualquier tema que se nos pueda ocurrir, surgirá inevitablemente el enfrentamiento con nuestro hijo.  A pesar de nuestra intensa lucha para llevarle al lado correcto, no conseguimos nada más que rechazo, y lucha, cada vez más encarnizada. No entiende nada, no entiende el Poder del Lado Oscuro, no entiende lo bien que le irían las cosas si nos hiciera caso, cada vez se encierra más en su propia trampa.
La lucha, como digo, es cada vez más encarnizada.  Al final, nuestro hijo sale mal parado, y mira que se lo advertimos. Parece perdido, acorralado, a punto de caer.  Y llega nuestro momento. 

Alargamos la mano, y le decimos:

"Yo soy tu padre". Puedes contar conmigo. Únete a mí, hijo mío. Yo curaré tus heridas, yo te haré más fuerte. Y juntos, gobernaremos la Galaxia.

En ese momento, haber sido el Malo durante todo ese tiempo, ha merecido la pena. 

Nuestro hijo ve que teníamos razón, y que no hay otra salida.  Lo que dice mi padre, lo que decía mi padre desde el principio, es cierto.

Y....

bueno, en realidad creo que como padres confiaríamos que la escena no terminase como acabó, y que nuestro hijo, en vez de saltar al vacío, nos hiciera caso, se dejara ayudar, y volviera, aunque fuera por un tiempo, a disfrutar de ese lazo tan fuerte y tan difícil de mantener que es el que une al padre y al hijo.

Que no hiciera falta todo un episodio más, con Ewoks, más Estrellas de la Muerte, abueletes verdes exiliados en planetas / residencia de la tercera edad, etc, para que finalmente llegáramos al mismo punto, y nuestro hijo se diera cuenta por fin que todo lo que hace su padre lo hace por su bien, lo hace pensando que es lo mejor para él.

Y que aunque parezca el enemigo, su padre siempre estará a su lado, intentando guiarle, y decidido siempre a sacrificarse por él.

El Vader que nosotros vemos como modelo no es el Vader que le corta la mano a su propio hijo, que congela a su yerno, o que destruye el planeta entero de su propia hija.


El Vader que nosotros queremos ser es el Vader que, enfrentado con su hijo, le acompaña tranquilo a que éste se enfrente con su propio destino.


El Vader que ve sufrir a su hijo, y no puede soportarlo, y se pide para él mismo el sufrimiento que está pasando su hijo, hasta el punto de sacrificarse por él.



El Vader que, por fin, cuando su hijo ve lo que ha hecho por él, decide quitarse el casco, para que pueda ver cómo es en realidad, y demostrarle que también es una persona, que también es frágil, que muchas veces está representando el papel de malo por obligación.


Por estas, y por muchas más razones (seguro que tú puedes encontrar algunas otras), somos muchos los padres que elegimos a Darth Vader para representar con orgullo nuestra condición de padres.

FELIZ DÍA DEL PADRE A TODOS!

martes, 14 de febrero de 2017

No, ni el Gran Hermano ni el Partido Único pudieron con el Amor

Hoy es oficialmente el Día del Amor. Y aunque llevo toda la vida asegurando, como hacemos muchos a modo de chiste en España, que eso no es más que "un invento de El Corte Inglés", este año lo veo de manera diferente, y creo que voy a celebrarlo, a mi manera.
Y esto se debe a uno de los mejores libros de Ciencia Ficción de la historia: 1984, de George Orwell.

Recientemente acabo de leerlo (sí, lo reconozco, es imperdonable que no lo hubiera leído todavía), y me ha parecido absolutamente fascinante. Presenta un angustioso y distópico futuro de un mundo controlado por un sistema totalitario, que ejerce un control absoluto sobre sus súbditos, que vigila sin descanso todas sus actividades cotidianas, y que ha acabado con todo asomo de libertad. Este control a todos los miembros del Partido (un partido único y totalitario) es ejercido a través de la figura de El Gran Hermano, juez supremo, y encarnación de los ideales del todopoderoso Partido.

Todo miembro del Partido vive, desde su nacimiento hasta su muerte, vigilado por la Policía del Pensamiento. Dondequiera que esté, dormido o despierto, trabajando o descansando, en el baño o en la cama, puede ser inspeccionado sin previo aviso. Nada de lo que hace es indiferente para la Policía del Pensamiento. Sus amistades, sus distracciones, su conducta con su mujer y sus hijos, la expresión de su rostro cuando se encuentra solo, incluso las palabras que murmura durmiendo, son analizados escrupulosamente.

Y… ¿qué tiene que ver ese inquietante futuro con el amor?  Pues mucho, como podréis ver, porque el amor era uno de los enemigos más peligrosos del sistema.

La finalidad del Partido en este asunto era evitar que hombres y mujeres establecieran vínculos imposibles de controlar. Para ello, perseguían entre otras cosas quitarle todo placer al acto sexual, dentro del matrimonio y fuera de él. Todos los casamientos tenían que ser aprobados por un Comité y, aunque nunca fue establecido de un modo explícito, siempre se negaba el permiso si la pareja daba la impresión de hallarse físicamente enamorada. La única finalidad admitida en el matrimonio era engendrar hijos en beneficio del Partido. La relación sexual se consideraba como una pequeña operación algo molesta, algo así como soportar un enema. Se grababa desde la infancia en los miembros del Partido.

El protagonista de esta inquietante historia, Winston, describe con tristeza cómo era su vida conyugal.

Se trataba de una pequeña ceremonia frígida que su mujer le había obligado a celebrar la misma noche cada semana, y que ella llamaba «Nuestro deber para con el Partido»

Como veis, el amor era algo realmente peligroso, fuera de control, que había que intentar eliminar. Pero, ¿qué era el amor?. ¿El deseo, sexual, quizás?. Pues parece que no, porque el Partido, conocedor de las debilidades de sus miembros, les daba una pequeña válvula de escape:

Tácitamente, el Partido se inclinaba a estimular la prostitución como salida de los instintos que no podían suprimirse. Esas juergas no importaban políticamente ya que eran furtivas y tristes y sólo implicaban a mujeres de una clase sumergida y despreciada. El crimen imperdonable era la promiscuidad entre miembros del Partido. Era casi imposible imaginar que tal crimen pudiera suceder.

Así que lo peligroso era el establecimiento de algún tipo de lazo íntimo entre cualquiera de las personas que eran controladas continuamente y de manera obsesiva.

Pero claro, como os podéis imaginar, eso mismo es lo que sucedió.  Winston conoció a una mujer de la que, a pesar de todos los esfuerzos de El Partido, se enamoró hasta las trancas: Julia.
A pesar de todos los controles, Julia consiguió acercarse a él, llamar su atención, y finalmente, después de muchos angustiosos intentos, consiguieron citarse en un lugar alejado de las cámaras de vigilancia.

Ya puedes volverte —dijo Julia.
Se dio la vuelta y por un segundo casi no la reconoció. Había esperado verla desnuda. Pero no lo estaba. La transformación había sido mucho mayor. Se había pintado la cara. Las mujeres del Partido nunca se pintaban la cara. Debía de haber comprado el maquillaje en alguna tienda de los barrios proletarios. Tenía los labios de un rojo intenso, las mejillas rosadas y la nariz con polvos. Incluso se había dado un toquecito debajo de los ojos para hacer resaltar su brillantez: No se había pintado muy bien, pero Winston entendía poco de esto. Nunca había visto ni se había atrevido a imaginar a una mujer del Partido con cosméticos en la cara. Era sorprendente el cambio tan favorable que había experimentado el rostro de Julia. Con unos cuantos toques de color en los sitios adecuados, no sólo estaba mucho más bonita, sino, lo que era más importante, infinitamente más femenina.

Aunque parecía inevitable que Winston cayera en las redes de la incansable Julia, incluso llegados ya a este peligroso y tan esperado momento, los métodos de condicionamiento del Partido casi cumplen su objetivo:

Sí, estaba besando aquella boca grande y roja. Ella le echó los brazos al cuello y empezó a llamarle «querido, amor mío, precioso...». Winston la tendió en el suelo. Ella no se resistió; podía hacer con ella lo que quisiera. Pero la verdad era que no sentía ningún impulso físico, ninguna sensación aparte de la del abrazo. Le dominaban la incredulidad y el orgullo. Se alegraba de que esto ocurriera, pero no tenía deseo físico alguno. La juventud y la belleza de aquel cuerpo le habían asustado; estaba demasiado acostumbrado a vivir sin mujeres.

Pero finalmente las armas de esa magnífica mujer, esa mujer capaz de conseguir cualquier cosa que deseara, fundieron todos los muros defensivos plantados por un sistema, un sistema de control perfecto, que, aun así, no pudo evitar que surgiera el amor.

Estaban de pie y ella lo miró por un instante y luego tanteó la cremallera de su mono con las manos. ¡Si! ¡Fue casi como en un sueño! Casi tan velozmente como él se lo había imaginado, ella se arrancó la ropa y cuando la tiró a un lado lo hizo con el mismo magnífico gesto con el que parecía aniquilarse a toda una civilización.
Esto era. No era simplemente el amor por una persona sino el instinto animal, el simple indiferenciado deseo. Esta era la fuerza que destruiría al Partido. La empujó contra la hierba entre las campanillas azules. Esta vez no hubo dificultad.
El movimiento de sus pechos fue bajando hasta la velocidad normal y con un movimiento de desamparo se fueron separando. El sol parecía haber intensificado su calor. Los dos estaban adormilados. Él alcanzó su desechado mono y la cubrió parcialmente. Este cuerpo joven y vigoroso, desamparado ahora en el sueño, despertó en él un compasivo y protector sentimiento.
Pero la ternura que había sentido había desaparecido ya. Le apartó el mono a un lado y estudió su cadera. En los viejos tiempos, pensó, un hombre miraba el cuerpo de una muchacha y veía que era deseable y aquí se acababa la historia. Pero ahora no se podía sentir amor puro o deseo puro. Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo y el odio. Su acto había sido una batalla, y el clímax, una victoria. Era un golpe contra el Partido.

No me digáis que este momento no es digno de competir con Grey y sus 50 sombras…

Pero no, no me refiero con eso cuando digo que el Gran Hermano no pudo con el Amor.
La historia continúa, y, los dos tortolitos continúan con su affair, sabiendo que tarde o temprano los van a descubrir:

Cuando nos hayan cogido, no habrá nada, lo que se dice nada, que podamos hacer el uno por el otro. Si confieso, te fusilarán, y si me niego a confesar, te fusilarán también. Nada de lo que yo pueda hacer o decir, o dejar de decir y hacer, serviría para aplazar tu muerte ni cinco minutos. Ninguno de nosotros dos sabrá siquiera si el otro vive o ha muerto. Sería inútil intentar nada. Lo único importante es que no nos traicionemos, aunque por ello no iban a variar las cosas.
—Si quieren que confesemos —replicó Julia— lo haremos. Todos confiesan siempre. Es imposible evitarlo. Te torturan.
—No me refiero a la confesión. Confesar no es traicionar. No importa lo que digas o hagas, sino los sentimientos. Si pueden obligarme a dejarte de amar... esa sería la verdadera traición.
Julia reflexionó sobre ello.
—A eso no pueden obligarte —dijo al cabo de un rato—. Es lo único que no pueden hacer. Pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca.

Por ahí van las cosas, amigos. Estamos llegando a lo que es el verdadero Amor. Lo que queda después de la atracción, el deseo, incluso después de haber llegado a la cima, a la unión total, a llegar a creerse que dos cuerpos se han fundido en uno solo.

Para saber lo que realmente es el Amor, hay que avanzar a cuando finalmente Winston y Julia son descubiertos, encarcelados por separado, torturados de mil maneras (creedme, en ese sistema totalitario había mil maneras de torturar).

—Estás pensando que, si nos proponemos destruirte por completo, ¿para qué nos tomamos todas estas molestias?; que, si nada va a quedar de ti, ¿qué importancia puede tener lo que tú digas o pienses? ¿Verdad que lo estás pensando?
—Sí —dijo Winston.
El rostro del Gran Hermano sonrió levemente y prosiguió:
Te explicaré por qué nos molestamos en curarte. No nos contentamos con una obediencia negativa, ni siquiera con la sumisión más abyecta. Cuando por fin te rindas a nosotros, tendrá que impulsarte a ello tu libre voluntad. No destruimos a los herejes porque se nos resisten; mientras nos resisten no los destruimos. Los convertimos, captamos su mente, los reformamos. Al hereje político le quitamos todo el mal y todas las ilusiones engañosas que lleva dentro; lo traemos a nuestro lado, no en apariencia, sino verdaderamente, en cuerpo y alma. Lo hacemos uno de nosotros antes de matarlo. Nos resulta intolerable que un pensamiento erróneo exista en alguna parte del mundo, por muy secreto e inocuo que pueda ser. Ni siquiera en el instante de la muerte podemos permitir alguna desviación.
Todos los torturadores del pasado, la Inquisición, los nazis, los comunistas, fallaron en una cosa: mataban a sus enemigos abiertamente y mientras aún no se habían arrepentido, y los convertían en mártires.

Así que es entonces, en el momento en el que Winston se ha rendido, ha confesado todos y cada uno de los delitos, reales o imaginarios, que sus captores querían que confesara, incluso después de convencerse realmente que El Partido era la mejor, o quizás la única, forma de gobernar el Mundo, y de entregar totalmente su mente al Gran Hermano, entonces, es cuando descubrimos lo que es el Amor:

¿Crees que hay alguna degradación en que no hayas caído?
Winston dejó de llorar, aunque seguía teniendo los ojos llenos de lágrimas.
—No he traicionado a Julia —dijo.
El rostro del Gran Hermano lo miró pensativo.
—No, no. Eso es cierto. No has traicionado a Julia.
El corazón de Winston volvió a llenarse de aquella adoración por el Gran Hermano que nada parecía capaz de destruir. «¡Qué inteligente —pensó—, qué inteligente es este hombre!» Nunca dejaba de comprender lo que se le decía. Cualquiera otra persona habría contestado que sí había traicionado a Julia. ¿No se lo habían sacado todo bajo tortura? Les había contado absolutamente todo lo que sabía de ella: su carácter, sus costumbres, su vida pasada; había confesado, dando los más pequeños detalles, todo lo que había ocurrido entre ellos, todo lo que él había dicho a ella y ella a él, sus comidas, alimentos comprados en el mercado negro, sus relaciones sexuales, sus vagas conspiraciones contra el Partido... y, sin embargo, en el sentido que él le daba a la palabra traicionar, no la había traicionado. Es decir, no había dejado de amarla. Sus sentimientos hacia ella seguían siendo los mismos.


Eso es lo que celebramos hoy. Un sentimiento, algo inquebrantable, algo tuyo, tan íntimo que estarías dispuesto a sufrir lo inimaginable sin entregarlo a nadie más que a la persona que lo merece, algo a lo que no renunciarías ni en el mismo lecho de tu muerte. Algo tan difícil de explicar que ni siquiera un sistema perfecto de destrucción de la naturaleza humana puede llegar a entender, y mucho menos destruir.  Algo que si fueras el último hombre, o la última mujer, de la civilización, conservarías como un legado en tu mente, y perduraría para siempre.


Nota final: Este ha sido mi humilde resumen de la genial obra de George Orwell, adaptado a la ocasión. Muchos análisis se han hecho de esta obra maestra, pero yo me quedo con este final, mucho más optimista que el del propio Orwell. 

Nunca lo podré saber a ciencia cierta, pero en mi caso estoy convencido de que yo sí habría conseguido esa pequeña gran victoria final, incluso habría soportado la última y definitiva tortura de la habitación 101
Y, en el momento en que finalmente me ejecutaran, mientras la bala atravesaba mi cabeza, aún conservaría ese sentimiento por ti, amor. Ese sentimiento inquebrantable, que quedaría para siempre fuera de su alcance.
Ni en Gran Hermano ni El Partido Único habrían podido con el Amor.

Te quiero, amor mío.

viernes, 27 de enero de 2017

La importancia de escribir, y de dónde escribir

Nunca he dado especial importancia a la difusión de los artículos de mi blog. Escribo por el mismo placer que me supone escribir, en una especie de diario en el que ordeno mis pensamientos, y los dejo libres en el inmenso océano de internet, sin miedo a dónde puedan llegar, o qué pueda ser de ellos (por eso le puse ese nombre al blog).
Por supuesto, no voy a negar que con frecuencia miro las estadísticas de visitas de mis publicaciones, y también me produce bastante satisfacción saber cuántas personas me han leído, desde dónde, y cómo narices han llegado a este humilde blog.
Escribir de temáticas tan distintas, sin ningún tipo de orden, me lleva a veces a encontrar cosas curiosas sobre la importancia de los pequeños detalles, detalles que cambian mucho el “éxito” de la publicación frente a las demás (detalles que se estudian en profundidad en lo que los profesionales llaman SEO, o posicionamiento en buscadores -Search Engine Optimization-)

Todo esto viene a cuento de un detalle curioso, del que acabo de darme cuenta: una sola de mis publicaciones en LinkedIn ha superado en número de visitas a todas las publicaciones (casi 50) que he hecho en mi blog de Agorafilia.



El caso es aún más significativo, mi decisión de publicar en LinkedIn fue simplemente para compartir contenidos divulgativos, y de fuerte relación con mi ámbito laboral, en inglés. En español ya había publicado anteriormente artículos sobre el poliuretano con intención puramente divulgativa. A pesar de que en mi LinkedIn tenía un fuerte predominio de contactos en España, decidí realizar un pequeño trabajo extra de traducir mis artículos al inglés, y publicarlos también en LinkedIn, aprovechando que lanzaba una plataforma de publicación de post para el público general (antes reservada para algunos grandes influencers).

Y me encuentro que el artículo en inglés, publicado en LinkedIn, tiene más de 19.000 visitas en LinkedIn, y su artículo original en español, publicado en Blogger, tiene algo menos de 500 visitas.  Está claro que aquí hay una gran diferencia. 
Después de darle algunas vueltas, creo que la razón principal es que este tipo de artículo, de ámbito profesional, ha tenido una mucha mayor difusión por parte de la plataforma de publicaciones de LinkedIn, que en el anticuado mundo de los blogs. El tráfico que ha llegado al artículo de LinkedIn viene principalmente de LinkedIn (y no de buscadores externos, como Google), mientras que el tráfico del artículo en Blogger viene principalmente del buscador de Google (además de los habituales Facebook y en menor medida Twitter, que es donde publico las entradas).

LinkedIn, en definitiva, es una red social, y realiza difusión de la información que se publica dentro de su plataforma, en una especie de “Likes” similar a Facebook, y de “Shares” similares a los Retweets en Twitter.  Así ha llegado la mayoría del tráfico de esta entrada (que tengo que decirlo, me ha hecho ganar cierta reputación en el mundillo del poliuretano).
Sin embargo, Blogger, la plataforma de blogs de Google, está claramente abandonada por su “progenitor”.  Cuando decidí crear un blog, estuve dudando un tiempo entre Blogger y Wordpress. Muchas veces me he arrepentido de elegir el primero, y continuamente me estoy planteando si debería transferir todo mi contenido a Wordpress, mucho más profesional y completo.

En su día, la razón principal de mi decisión fue simplemente que suponía que en cuestión de SEO, las entradas en Blogger estarían mejor posicionadas en Google que las de Wordpress.  Pero estoy casi seguro que no es así.

Como digo, muchas veces escribo por el simple placer de hacerlo, con historias sencillas, como la de la señora Teresiña, la de la hamburguesa que me dio una lección, la de Sheila Herrero y los héroes de los deportes minoritarios, o como cuando me declaré a mi mujer por 20 años y 20 vidas.

Estas son las historias que más he disfrutado, y no me importa en absoluto que lleguen a poca gente.  El mejor regalo que puedo recibir, eso sí, es cuando alguien me dice que las ha leído, y que también han disfrutado leyéndolas.

Algunas otras publicaciones tienen un carácter más divulgativo y a pesar de que mi capacidad de divulgación es ciertamente limitada (me gusta la ciencia, pero no soy científico), tengo que reconocer que me gustaría dar un poco más de difusión a mis publicaciones de divulgación. 

Visto lo visto, creo que mi objetivo en este sentido va a ser buscar alguna plataforma dedicada a la divulgación, en la que pueda publicar alguno de estos artículos.  Si algún lector me recomienda alguna, le estaré ampliamente agradecido.
Pero volviendo al punto principal de esta publicación, desde aquí animo a cualquiera que me esté leyendo a utilizar la plataforma de publicación de LinkedIn.  A pesar de que en algún otro post de este mismo blog he criticado a LinkedIn por su indiscreción y su falta de respeto a la intimidad, pienso que como herramienta de difusión de contenido es excelente.

¿No tienes nada de qué escribir? No me lo creo.  Estoy seguro de que hay algo de lo que eres un experto. Si estás en LinkedIn es obviamente por razones profesionales, y si hay algo de lo que sabes es del trabajo en el que pasas gran parte de tu día a día. LinkedIn puede ser útil para tu carrera profesional, más allá de ser una agenda de contactos un poco plasta (¿verdad que son un poco pesados proponiéndote contactos, felicitaciones, “endorsements”, y todos esos intentos desesperados de que entres frecuentemente en su página?). 

Para que LinkedIn te demuestre que puede ser útil para ti, debes pasar a la acción, con un método que puede plantearse en dos pasos o niveles: 

El primer paso es compartir en LinkedIn todo lo que interese sobre tu trabajo o tu vida laboral.  Este primer paso es fácil y no lleva ni siquiera mucho tiempo, como conté en este otro post De dónde saco mi tiempo.

Pero si quieres avanzar a un nivel superior, anímate a crear tu propio contenido. Créeme, por propia experiencia te lo digo, los resultados son espectaculares. Si puedes mostrarle al mundo lo que sabes, en el sitio correcto para hacerlo (y para todo lo relacionado con tu trabajo pienso que la plataforma de publicación de LinkedIn es el sitio correcto) el retorno será mucho mayor al esfuerzo que habrás dedicado.

Nota final: soy consciente de que no todo el mundo tiene la misma motivación que yo para difundir el conocimiento sobre lo relacionado con su trabajo. Al fin y al cabo, es algo por lo que ni siquiera te pagan. Pero como ya reflexioné en una de mis primeras publicaciones, La motivación en el trabajo, y Wikipedia, lo que más motiva a la mayoría para de las personas para realizar un trabajo efectivo no es la compensación económica que reciben a cambio, sino algunas otras cosas.

Y si definitivamente no crees que crear contenido sobre tu propio trabajo es lo adecuado, pero tienes alguna otra afición que llena tu vida (quién no la tiene), aun así te recomiendo que escribas sobre ello. En este caso te recomiendo otra plataforma interesantísima: Quora.

Porque como dicen ellos “todos somos expertos en algo”. Algo que te apasiona, algo sobre lo que hablas con total seguridad, algo sobre lo que sentarías cátedra.  Pues aprovecha que eres experto en eso, y difúndelo.